En busca de Bernardina

Reproducimos aquí una historia de Ibán Yarza de su blog “La memoria del pan“.

Hace unas semanas alguien puso esta foto en El foro del pan.

En la imagen se ve a una mujer, tal vez una muchacha, llevando panes al horno público en un pueblo de Extremadura llamado Deleitosa, en los años 50. La fuerza de esta imagen me dejó atónito; la manera de llevar los panes en una tabla sobre la cabeza; la forma en que la mano derecha sostiene el tablero y el pie parece empujar la puerta abriéndose camino; la misma forma de los panes, parecen ser panes de masa refinada (sobados, bregados), tal vez dispuestos en dos pisos; el suelo de tierra y las casas de tapia; el perro en segundo plano. Había algo en esta foto que me obligaba a mirarla una y otra vez, y las preguntas se amontonaban.

¿Quién era aquella mujer que respondía al nombre de Bernardina en el pie de foto? ¿Había hecho ella los panes? ¿Cómo los elaboraba? ¿A qué sabrían esos panes? ¿Dónde los horneaba? ¿Qué historia rodeaba aquel momento captado en un pequeño trozo de película? ¿Quién era el fotógrafo? Pero, sobre todas las preguntas, surgió de repente una gran duda, ¿estaría viva Bernardina? Si en 1951 tenía 18 años, como rezaba el pie de foto, no sería extraño que aún viviera y fuese una anciana con recuerdos sobre aquellos panes.

Poco después, un apunte en el propio foro aumentó aún más mi curiosidad. Resulta que la fotografía la había hecho en 1951 el fotógrafo americano Eugene Smith, durante su estancia en el pueblo cacereño de Deleitosa. Más tarde conocí que la fotografía pertenece a un reportaje titulado “Spanish Village” que publicó la revista LIFE en abril de 1951 sobre la vida en este pequeño pueblo. El reportaje mostraba la dura vida de la España de aquella época, enfatizando las miserias y el modo de vida en un lugar remoto, pobre y donde las tradiciones atávicas se mezclaban con la pobreza: la España negra que había plasmado Darío de Regoyos décadas antes. El fotógrafo buscaba crear una imagen muy determinada sobre España, y en Deleitosa encontró muchas de las imágenes que ansiaba (después también me he enterado de todo lo que despertó este reportaje). Las 17 fotografías publicadas por LIFE (se llegaron a publicar más de 20 millones de ejemplares) son parte de los cientos que el fotógrafo tiró en Deleitosa, donde convivió especialmente con la familia Curiel y la familia Larra.

Lo que comenzó siendo una fascinación repentina, se convirtió en una obsesión: debía ir a Deleitosa en busca de Bernardina.
Deleitosa aparece no lejos de la A5, tras unas curvas y un pequeño páramo; es más grande de lo que imaginaba, aunque está en recesión. En la época del reportaje tenía más de 2500 habitantes, años más tarde llegó a sobrepasar los 3000, pero hoy apenas llega a los 900.

Las calles no son de tierra hoy; un par de cigüeñas pasan el invierno sobre el campanario de la iglesia; hay muchas casas pequeñas construidas en las últimas décadas, poco lo diferencia de muchos otros pueblos.

La cortina de la puerta de entrada no ha variado mucho en los últimos 60 años y, por suerte, muchos de sus habitantes aún tienen recuerdos de aquellos días

Un domingo de enero, tras una buena kilometrada, me dispuse a encontrar a Bernardina, a seguir la pista a aquellos panes; en definitiva, a tratar de captar lo que quedaba de aquella imagen hipnótica. Los lugares han cambiado, pero con la ayuda de los vecinos pude localizar el callejón donde se encontraba uno de los muchos hornos de Deleitosa en los años 50. Aquel lugar donde Bernardina quedó retratada para siempre por Eugene Smith.

Casi sin proponérmelo me fui encontrando con personas y sus recuerdos de aquel tiempo.

Jacinto (que aparece jugando de niño en la foto del cruce en 1951 y en el callejón de la izquierda en la misma foto tomada 60 años después, en 2011) guarda muchos recuerdos de aquellos días, cuenta cómo entonces el pueblo era más chiquino; no había tiendas, todo se hacía, nada se compraba. Eran tiempos de escasez, no se fiaba. Jacinto fue el primero en recordar los panes como los de la foto. Me contó que se hacía una bolla, luego “se remetía la cintura” (para crear esa forma de dos caras) y finalmente se marcaba con un sello para saber la procedencia. En el horno, la parte de arriba “se doraba algo, pero lo de abajo estaba bueno, bueno”.

Jacinto fue el primero en recordar a Bernardina, pero no era mi Bernardina; él, como muchos otros del pueblo, recuerdan a la tía Bernardina, nacida a finales del siglo XIX, que no podía ser Bernardina Curiel por una sencilla cuestión de fechas.

Tras hablar con el párroco, Domingo, di con Reyes (y más tarde con Juan Pedro) de la Asociación Cultural Deleitosa Spanish Village, quienes me confirmaron que Bernardina había muerto. Mis pesquisas me llevaron al cementerio de Deleitosa (donde Curiel no es un apellido extraño, al igual que Barambones, Buenvarón o Soleto), pero no había rastro de Bernardina. Aunque no fuera mucho consuelo, me apetecía tener la constancia, la seguridad fría y cercana de su tumba. No soy muy de cementerios, pero tenía la necesidad de encontrarme con aquella joven del reportaje publicado pocos días antes de que naciera mi madre. Tras una infructuosa búsqueda, Reyes me confirmó que Bernardina emigró hace décadas a Francia, donde está enterrada.

Aunque no pudiera tener el testimonio vivo de Bernardina, estaba decidido a saber más sobre aquel lugar y aquellos panes. Por azar di con Florencio; él elaboraba panes como los de la foto. Esas piezas redondas y densas.

Florencio, como muchos otros habitantes de Deleitosa, posee un habla maravillosa; desgrana con suavidad los recuerdos de aquella época. Entonces se masaba en casa. Primero con los puños, en una artesa, y más tarde se pasaba la masa por unos rodillos. Mientras uno le daba a la manivela para hacer girar los rulos, el otro iba pasando la masa para refinarla. Se pasaba unas 10 ó 15 veces; tras cada pasada se plegaba y se volvía a pasar de nuevo. Por lo que pude ver, el pan refinado es muy apreciado en toda la región, recibiendo el nombre de “pan-pan”, o pan a secas. Para fermentar usaban liuda (aunque también la oí llamar luida), un trozo de masa vieja que se guardaba de una semana para otra.

En sus recuerdos la harina era blanca, de la zona, y se molía en los molinos de una garganta cercana (no lejos de Campillo de Deleitosa). No obstante, si se molía a la piedra, por mucho que se cerniera, es posible que la harina conservara un tono crema, más amarillento que las harinas actuales.

Finalmente, los panes se llevaban al horno público (había de 5 a 10 hornos en el pueblo) en unos tableros sobre la cabeza, apoyados en una pequeña almohadilla en forma de rosca. Este pan que se llamaba simplemente pan o panes, (me encanta como suena la palabra “panes” al salir de su boca) lo había en forma alargada y redonda. Por cada hornada se pagaban 2 panes.

Gracias a Reyes pude visitar el museo etnográfico de Deleitosa, una vieja casa que conserva muchos útiles, prendas y muebles que ilustran el modo de vida de entonces. Los propios vecinos del pueblo han cedido enseres de sus familias. Allí encontré la máquina de rodillos para refinar el pan de la familia de Reyes (igual que la que mencionaba Florencio), que lleva décadas sin usarse. También había un tablero para llevar panes, uno como el que lleva Bernardina en la cabeza en la fotografía, y la pequeña almohadilla acolchada en forma de rosca, el rodillo (roíllo), que usaban para llevarla con más comodidad.

Parece ser que todos los tableros eran de un tamaño muy similar; imagino que el peso de los panes y el tamaño de los hornos acabaría definiendo un estándar de tablero para pan (capacidad para un par de docenas, por lo que veo). Me gustó tocar aquel tablero, pensar en los cientos de hogazas, de “panes”, que habría acarreado; aquellas gentes llevando el pan de casa al horno.

Aquel modo de vida declinó con el desarrollo, cuando llegaron las tiendas y panaderías. Hoy en día sobreviven varios panaderos en Deleitosa: la Tahona y la panadería y churrería Gil Álvarez (de Ignacio y Almudena).

Ignacio y Almudena reconocen los panes de la foto de Bernardina (como el resto de los habitantes), pero dicen que ya hace décadas que se dejaron de hacer. Vuelvo a constatar el asombroso hecho de que aquel pan se llamaba sencillamente “pan”. Hoy en día elaboran en la panadería varias masas refinadas. El pan de picos (o de piña) típico por toda la región; en este caso Ignacio dice que este es un poco diferente, ya que se corta en fresco, nada más formarse la pieza, eso hace que se abra de manera diferente a otros que se cortan una vez fermentados. También hacen una especie de bolla con varios cortes e incisiones que hace que el pan parezca literalmente dos pequeñas hogazas pegadas. No había visto un pan así.

Ignacio reconoce que aquel pan hecho únicamente con liuda tendría que fermentar no menos de 5 ó 6 horas, y que por eso tenía menos volumen. Además, como se amasaba poco, era más pesado y correoso. Hoy en día, con levadura y 2 ó 3 horas, se consigue un volumen y esponjosidad mayor. (Yo imagino que su sabor tendría que ser, por fuerza, más acentuado.)

Salí con varias piezas de la panadería, y estuve recorriendo las calles, visitando sus bares, hablando con sus gentes (resulta que en Vitoria hay casi más deleitoseños que en Deleitosa). Al ver los panes que come la gente de Deleitosa hoy en día, me vino a la cabeza lo diferentes que parecen de los de Bernardina; me hubiese gustado saber por qué algunas cosas permanecen y otras no; por qué las mantas se siguen colgando, iguales, de las puertas, pero los panes perecen (su gusto, su forma, la manera de hacerlos).

En este pequeño pueblo de menos de 1000 habitantes existe un bar temático; trata, como no podía ser de otra manera, del reportaje de Eugene Smith.

Es curioso este pueblo; su imagen y las caras de sus gentes han dado la vuelta al mundo, esos panes de Bernardina han quedado conservados en película para siempre. Sin embargo, ese modo de subsistencia ha sido casi olvidado por los mismos que usaban sus manos para hacer aquel pan; estamos hablando de manos vivas y experiencia aún viva. Lo cotidiano cambia y se olvida (el cambio es parte de la vida, o la vida en sí). No he observado nostalgia (tampoco desdén) por aquel pan ni aquellos tiempos; nadie me ha dicho lo especialmente bueno que era en comparación con el de ahora. Todo el mundo se acuerda de que duraba una semana, pero más como un hecho cronológico que gastronómico (igual que recuerdan cómo se encendía el horno con “monte”: ramerío, jara, retama, arbustos).

No he encontrado a Bernardina, emigró a Francia y debió de ser una mujer digna de conocer (como he podido ver en este interesantísimo documental, “El americano”, que he visto tras mi visita a Deleitosa – por cierto, sin prepararlo hablé con casi todo el mundo que sale en las imágenes). Un hijo que lleva su nombre (y apellido) cuenta con orgullo el carácter de aquella mujer que me ha hecho recorrer media España.

A pesar de no haber dado con Bernardina, he podido escuchar las historias de aquellos panes en otras voces. Hoy se muere la gente que habla con las palabras que no salen en los diccionarios, pero al menos el pan ha servido de hilo entre lugares y generaciones distantes. Hoy en día nadie hace pan en casa en Deleitosa, y ya no quedan hornos. Pero curiosamente ahora, en mi caso, hay un cambio inverso. Ahora cada vez somos más los que hacemos pan en casa, pero ahora lo hacemos “de vuelta”, por elección; llámese ocio, llámese devoción. Yo hago pan; ni mis padres ni mis abuelos lo hacían. De hecho, he invertido el curso natural de la vida, ya que he enseñado a mi madre, y no al revés. Me hubiera gustado escuchar la voz de Bernardina, ver sus manos y sus ojos. Tal vez hubiera encontrado en su voz la misma falta de añoranza por aquellos panes y aquellos tiempos que encontré en otras voces del pueblo. No descarto volver a Deleitosa.

Puede leer aquí el artículo original

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